Estos textos son diferentes a los escritos del archivo 1 y 2. Puede que se relacionen entre si o puede que no. No son muy de hacerse amigos. Tampoco andan de fiesta en fiesta y evitan los cumpleaños o aniversarios familiares. Viven solos. Se fueron de casa hace tiempo y deambulan por ahí medio guachos. Pero a veces, muy de cuando en cuando, se los suele ver, a los escritos se supone, por los rincones. Pero no llorando, sino riendo.
La ciudad es una maceta
Leyendo La identidad cosmopolita de Norbert Bilbeny me despabilo que uno de los constituyentes determinantes de la pertenencia es la territorialidad. Por lo tanto comprendo porqué uno se obsesiona con eso de “mi tierra” o “mi país”. Que vendría a ser algo así como “mi osito de peluche”, “mi cunita” y “mi mascota” de la niñez. Claro que cuando andamos ya por los diez años preferimos, sin mayores cuestionamientos, abrazar, en vez del dulce osito, a nuestra novia o novio; también comprendemos que es necesario cambiar la cuna por una cama cuando pasamos a medir más de un metro de altura y que, luego de un tiempo prudencial pues comienza a oler fatal, habrá que enterrar a nuestro querido gatito pues su ciclo vital ha concluido. Pero ¿por qué nos cuesta tanto liberarnos de “mi tierra” o “mi país”?
Prosiguiendo con la lectura de Bilbeny me entero que la territorialidad es una necesidad humana adquirida biológicamente. Animales y seres humanos buscan territorios que les presten abrigo y alimentación. Unos se los apropian demarcándolos con orines y otros desenrollando alambres de púas. Así “es del territorio el que está en el territorio”. Pero la manipulación política y económica determinó a través de la historia que esto se tergiversara y pasaran a un primer plano otras concepciones reaccionarias que impusieron la etnoterritorialidad excluyente como fundamento de todo derecho a pertenencia. Los campos con trigo donde cantan los pajaritos son de los rubios y los pantanos infectados de cocodrilos de los negros.
Y no es así.
Porque territorio es un uso, no una propiedad. Lo que hace que un lugar sea sentido como nuestro es el modo de usarlo, porque la territorialidad es una forma de relación con el espacio basada en finalidades. Somos seres territoriales porque somos grandes consumidores y necesitamos recursos de continuo y estos, en este planeta al menos, son limitados. Por eso desde siempre hemos invadido y colonizado. Que es algo así como ir hasta los pantanos, cargarnos a los negros y convertir a los cocodrilos en zapatos finos.
Pero para mucha gente actualmente pertenecer a un sitio tiene más que ver con el permanecer que con el querer. Tal el caso del que emigra por cuestiones políticas o económicas. Porque, como en otras especies animales, lo que cuenta como otro elemento suplementario de la pertenencia es la adaptación. Si podemos y queremos quedarnos en un sitio. La pertenencia a una comunidad no es sólo un factor objetivo, sino también subjetivo.
Si bien compartimos un amplio porcentaje de cualidades con los mamíferos superiores también nos diferenciamos por la forma de vincularnos con el entorno. El animal se sirve del instinto nosotros de la cultura. La ciudad nació como una construcción cultural que operó como defensa ante el riesgo de enfrentar la necesidad natural.
Retomando el concepto de que la pertenencia también se basa en la capacidad de adaptación a determinado medio vital, cabe destacar que esto se va logrando a partir de diferentes “tomas de posición” ante un territorio o lugar. No estamos en un lugar plantados como un árbol. El ser y el estar humanos son una “posición” no un mero anclaje. La pertenencia es un proceso. Y lleva su tiempo.
Discrepo un tanto. Esto demuestra ignorancia sobre el rol que los árboles protagonizaron antes del cristianismo. Los bosques fueron la protoweb. La selva es un hipertexto. Los seres vivos son microsegmentos, plantas en macetas (psiquismos en cuerpos) de una mega raíz que se expande planetariamente.
Actualmente el país donde todos quieren estar se llama Facebook. ¿Alguien sabe que autobús me deja más cerca? ¿De que raza son los “facebookianos”? ¿Tienen religión?
La patria es donde uno quiere estar porque se siente bien…
Y la ciudad nuestra maceta existencial.
Continuara…
La rebelión de las máquinas
Desde hace unos años, y por causas geopolíticas de público conocimiento, subirse a un avión se ha transformado en algo bastante incómodo. Nos hemos visto obligados a padecer largas colas para ser cacheados, según el aeropuerto que nos toque en gracia, con diferentes niveles de humillación. Debemos evitar llevar en nuestro bolso de mano substancias que nos son necesarias durante esos períodos, que van desde unos cuarenta minutos a catorce horas promedio, en los cuales nos encontramos, en manifiesta situación de inferioridad, desafiando nada más ni nada menos que la ley de gravedad. Para ser más precisos son 66, cifra casi diabólica por cierto, los artículos que el pasajero no puede llevar consigo a bordo. Ni que hablar cuando nos toca el turno de pasar bajo ese portal que emite sonidos histéricos cuando detecta una moneda de un céntimo perdida en los bolsillos, la hebilla del zapato o un piercing en un genital. Además, al mismo tiempo que atravesamos esa “stargate” de kermese, debemos hacer equilibrio descalzos al lanzar nuestra notebook, más una bandeja con todos nuestros objetos de bolsillo, en la cinta del escáner, quitarnos el cinturón intentando que no se caigan los pantalones, levantar las manos y poner una cara que convenza al guardia de turno de que no adherimos a ningún tipo de fundamentalismo suicida. Todo un número de circo que viene despertando clamores de protesta en los últimos tiempos. Las respuestas son racionales. Ante el auge del terrorismo alado cabe extremar las medidas de seguridad. Sepan disculpar las incomodidades pero se debe resguardar a la aeronave de cualquier intento de sabotaje que pretenda hacerla explotar en el aire y/o que se venga abajo.
Correcto, hay que proteger al avión de los viajeros con intenciones criminales pero ¿quién protege ahora a los pasajeros de lo que pueda decidir el psiquismo tecnológico de los aviones?
Porque pareciera ser que, más allá del siempre latente peligro de un secuestro o atentando en pleno vuelo, las causas por las cuales uno puede hoy morirse si toma un avión no son producidas por un complot humano pérfidamente elucubrado sino por un torpe error de observación. Las máquinas están al límite de colapsar. Ellas son el peligro ahora y no nosotros. Los aviones están exigiendo: “¡Basta! No tengo más fuerzas, redúzcanme la jornada laboral”.
Es importante saber porqué y cómo se cayó el avión de Spanair. Si los motores fallaron, si se incendió uno y luego el otro, si la cola se desprendió primero, si se desplomó desde 40 o 60 metros, si estalló en el aire o al caer, si derrapó 120 metros antes de explotar, si no tuvo fuerza suficiente de despegue, si comenzó a carretear por la pista 1000 metros antes o después… en fin, la lista de causas posibles publicadas es ya casi infinita. Pero no he leído, al menos con título destacado, un análisis sobre la saturación del espacio aéreo, el desbordamiento de los aeropuertos, los millones y millones de personas que utilizan este medio de comunicación las 24 horas del día los 365 días del año, el sinnúmero de toneladas que se transportan a diario, los inconmensurables litros de combustible que circunvalan la tierra en los tanques de las aeronaves como feroces misiles aire – tierra, en fin… que todo está en el aire. Y si tanto sube algo debe, inexorablemente, bajar.
Tal vez ha llegado el momento de invertir el orden de inspección. Y que todo el celo dedicado a los seres humanos se le dispense a las máquinas. Claro que es más barato desnudar personas que desarmar aviones.